Uno de nuestros tutores de residentes se quedó ayer alucinado de que Miss Mariposa, El Macho y yo (anestesioblastos en potencia) no tuviéramos ni la más repajolera idea de quién era Morton. Y es que, los tres, al abrir el Morgan de Anestesiología Clínica, nos saltamos directamente el capítulo de Historia de la Anestesia (no porque no fuera interesante, sino porque ibamos a lo práctico...a algo que nos aclarara el "chino" de las primeras semanas). Así que hoy he decidido reparar tan grave falta y pasar un rato (entre lavadoras, comidas de mañana y tareas de enanos) leyendo sobre mis ancestros. Y así me he enterado de que la palabra "Anestesia" se la debemos a Dioscórides (siglo I dc), que la usó para describir los efectos de la mandrágora. Para anestesiar, a lo largo de los siglos, se ha echado mano de todo (opio, coca, alcohol e incluso, desangrar al paciente hasta la inconsciencia). No fue hasta 1846, cuando el "famoso" Willian T.G.Morton (dentista de Boston, para más señas) anestesió con éter a un paciente para extraerle una muela sin dolor. A partir de ahí, el éter y otros anestésicos inhalados fueron los reyes del mambo, hasta que, en 1851, Pravaz inventó en Francia la jeringuilla y, 3 años más tarde, Wood aportó la aguja metálica hueca. El primer anestésico local fue la cocaína (que sigue "anestesiando" a mucha gente hoy en día. Eso sí, fuera del quirófano). Los primeros intravenosos fueron los barbitúricos, que aún usamos hoy en día. En 1942, vio la luz el primer relajante muscular, derivado del curare, que permitía la intubación orotraqueal. El primer anestesista, como tal, no se ve en el panorama hasta 1904. La especialidad tuvo que esperar hasta 1947 (!!!!) para ser reconocida.
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